té verde

Recorriendo a través de Vietnam y visitar las plantaciones de Té Verde es maravilloso, son suaves lomas cubiertas de té y entre estas matas vas viendo mujeres cortando las hojas mas tiernas y guardándolas en sacos que luego llevan a una cooperativa , en donde pesan y anotan lo entregado. Es un trabajo de mujeres, que con sus manos enguantadas escogen lo mejor para nuestro consumo. El silencio en la recolección, concentradas, haciendo el trabajo prefecto y luego cuando se juntan cada una con sus sacos comienza la conversación y es un momento de alegría, de compartir que contagia...

buscando seda


la nueva colección 2017


la nueva colección ha llegado¡¡¡¡¡ llena de color y texturas .... las espero en la tienda

Té Verde
Sánchez Fontecilla #356 | Las Condes

tel: +56. 2. 25014221


viaje

He estado en unos lugares increíbles, el paisaje montañoso es una poesía, el camino es un subir y bajar montañas, en un momento estás arriba con una vista a los arrozales, al río, a esas casas de madera en medio de la montaña rodeadas de plátanos gigantes, las minorías étnicas trabajando, caminando, cortando arroz, motos que suben y bajan, mis ojos están llenos de vida y cansancio. Mis brazos negros de tanto tomar fotos, por suerte mi pelo (un gran paraguas) me protege la cara, veo a esas mujeres cargando leña, los niños cargando vegetales, es un ir venir constante, los rostros curtidos por el sol y el aire, escuelas en todos lo pueblitos, los niños recorriendo distancias enormes para llegar, que distinto a nuestro ritmo de vida. En algunos momentos, al mediodía se detienen y los ves sentados frente a estos parajes riendo, comiendo, conversando, con esos trajes llenos de colores mezclados con los colores de sus cargas. Estoy muy conmovida, estoy tocada en el alma por esta gente tan especial, sus rostros se convierten en una belleza aún siendo tan diferentes a lo que consideramos belleza. En la ruta vas pasando por lugares habitados por distintas minorías y los colores de sus trajes van cambiando, unos llenos de colores fuertes y con brillos donde priman los fuxias, los verde limón, naranjas, luego se llenan de un azul tan brillante, cerca de la frontera con China, luego a los índigos con una pequeña muestra de color en sus pañuelos, verdes en las chaquetas, luego adentrarse en la baja montaña donde las casas pegadas unas a otras, de madera, obscuras con las faldas y la ropa colgando de palos de madera en donde los niños corren desnudos por las calles, todos haciendo algo, recolectando el maíz, lavando ropa con los pies, cortando madera, quemando maleza, no para la verdad que no para... Las distancias se convierten en horas tras horas de recorrido, mi espalda se queja, mi cuerpo está agotado pero lo que he visto lo merece de sobra.

Dance club

Eran las 9 de la mañana y mi amiga Lien me pasó a buscar en su moto, me llevaba a un centro deportivo, en donde había una gran piscina temperada, mesas de ping pong, máquinas de ejercicios, etc , pero nosotras íbamos al tercer piso a un dancing club... No me imaginaba a lo que iba, era un gran salón con una pista de baile al centro y mesas con sillas alrededor, todo oscuro , con luces de disco, estamos hablando de las 9 de la mañana, la entrada costaba 1.5 dólar con derecho a un té o una cerveza. Dos horas de baile... entramos y llegan las mujeres y se cambian ropa y aparecen con vestidos de fiesta, llenas de brillo y con sus zapatos de baile, elegantísimas, los hombres con traje y sus zapatos con taco en sus pies pequeños. El salón se empieza a llenar, las luces bajan de intensidad y la música comienza. Lo que vi me llenó de emoción, era alegría, coquetería, elegancia, brillo, todos bailando al mismo ritmo, con los mismos pasos, en la misma dirección, era una ola de bailarines que se deslizaban por la pista de baile. Pasaban de rumba, vals , lambada, chacha chá, bailes tradicionales, tango, mis ojos cada vez mas abiertos no quería perderme nada de lo que estaba pasando, me sentí como en la película china “in the mood of love”. Las parejas haciendo gala de sus trajes, de sus pasos, de sus peinados, de sus compañeros de baile, lo estaban pasando de maravilla, uno tras otro baile sin parar... Hasta ese momento todo iba pasando frente a mi, y de repente me sacan a bailar ... partí confiada de mi capacidad de baile pero fue un desastre no sabía ningún paso, todos sabían el un, dos, tres, un dos tres, un, dos, tres... mi compañero de baile muy educadamente me indicaba con sus dedos en mi espalda con cuál pie debía seguir, después de varios intentos logre avanzar, lo peor de todo es que les encanta hacerte girar y girar y girar y girar alrededor de la pista, y los trajes vuelan y el aire de los ventiladores te mueve el pelo y realmente estás en otro mundo en el “dancing club”... mareada de tantas vueltas vuelvo a mi asiento y nunca mas pare de bailar, dos horas de intensidad... a las once de la mañana se prenden las luces y la magia del dancing club termina, las mujeres se cambian de ropa y vuelven a su rutina. De vuelta en mi hotel revivo esa magia y la comparto con ustedes.

la ruta de seda

Un viaje a lo más profundo de Vietnam para conocer cada parte del proceso de fabricación de la seda.

Tengo una fascinación especial por la seda y, como además trabajo con ella, quise ir a conocer su proceso de fabricación, llegar al lugar donde todo comienza, donde los gusanos de seda crecen, verlos y tocarlos. Partí a Vietnam con unos datos de un pueblo al norte de Hanoi, donde la tradición de criarlos se mantiene en familia. Arrendé un auto con chofer que hablaba inglés. Era indispensable, ya que el pueblo quedaba dentro de otro pueblo, era difícil de ubicar. Recorrimos calles preguntando, y cada vez nos adentrábamos más al interior… las callecitas preciosas, pequeñas, con gente en bicicleta, viejecitas caminando con su sombrero. De repente llovía y luego el Sol llenaba de luz las hojas de los árboles. Finalmente llegamos ¡y lo que vimos fue tan emocionante! En la primera parte del terreno estaba la casa de uno de los hijos de la familia, luego la de la hija y al fondo una construcción que era sólo una gran pieza. Allí vivían los padres y la abuela de 90 años. En el suelo, quince bandejas redondas, grandes, llenas de gusanos blancos. Las bandejas tenían hojas de morera y estaban cubiertas con género para que no se secaran. En el suelo también, la cama donde ellos dormían. Nos sentamos afuera a tomar té verde y a conversar. Me contaron que ellos llevan veinte años criando gusanos. Compran 15 dólares en huevos y los ubican en estas bandejas. Tienen que alimentarlos cada cuatro horas, día y noche. Para eso tienen además que recoger a diario las hojas del árbol de la morera, lo que les toma tres horas. Los árboles están cerca del río porque necesitan un lugar fangoso. Mientras estábamos conversando llegó otra vez el momento de alimentar a los gusanos. Es impresionante lo rápido que comen. Se escucha claramente cuando están masticando.

Comen sólo la parte verde de la hoja, el resto queda. En la noche esta familia limpia las bandejas y le da los restos a los animales y a la tierra para abonarla. No se pierde nada. A los veintiocho días los gusanos están listos, ya han alcanzado el tamaño necesario para comenzar a tejer sus capullos. Durante este tiempo van cambiando la piel. El proceso de tejer el capullo les toma tres días cuando hace calor; en invierno pueden demorar hasta siete días. Cuando el capullo está listo, viene otra persona a recogerlos y separar a los gusanos de ellos. La inversión de 15 dólares sube en ese tiempo a 400. Ya tenía la primera parte de la historia, ahora teníamos que encontrar a las hiladoras de la seda. Yo había estado dos años antes en Mai Chau, un lugar donde hilaban. Partí con el señor Ming, mi chofer y traductor, por un camino de montaña con una gran vista. Arrozales, pequeñas casas con sus huertas. Paramos a tomar un café, a mirar el paisaje, a disfrutar. En la parte más alta del camino hay unos puestos muy básicos donde venden choclos cocidos y arroz cocinado dentro del tallo del bambú. Debajo de los techos de palos había orquídeas colgando, cuchillos hechos a mano, bebidas, chancho, vegetales cultivados por la misma gente. Mai Chau es un pueblo bastante turístico ahora, pero que aún mantiene su encanto. Nos fue difícil encontrar a las hiladoras porque era la época de la cosecha del arroz y todos el pueblo estaba ocupado en eso. Finalmente dimos con Hái Trang, una mujer preciosa de 50 años. Hablaba un poco de inglés y fue muy amable con nosotros, nos dedicó mucho tiempo. Nos mostró su casa, una casa tradicional de la zona, montada sobre pilotes. Un gran espacio con piso de madera brillante y una luz tenue lo hacía muy acogedor. Mientras hilaba la seda nos contó que para obtener el color más café de la seda la mezcla con la corteza de diferentes árboles y agua. La seda que se obtiene es dura y para suavizarla la sumergen durante tres días en agua con hierbas. Sentir la seda dura, tan distinta a la que nosotros conocemos, es maravilloso. Su color amarillento le da un brillo muy especial. Ya estábamos a mitad de camino en la confección de la seda. Partimos a buscar las tejedoras en telar de madera, más al norte. Uno escucha desde lejos el ruido de los telares. Encontré a una mujer que se ha dedicado toda su vida, igual que sus antepasados, al tejido de la seda. Trabajan diez personas con ella. Se demoran tres días en tejer 60 metros de seda de 90 centímetros de ancho. Nos explicaron que antiguamente los telares los manejaban con los pies. Afuera estaba el lugar para teñir la seda, lo que les toma una hora. Lo hacen todo en la forma más tradicional, sumergiéndola en una gran olla. Luego la cuelgan para secarla, estirándola de lado a lado con palos de bambú. La belleza de ver la seda colgando al viento, liviana, unas con franjas de distintos colores, otras de un solo color, me dejó sin aliento. Era una maravilla. Regresamos a Hanoi al atardecer, cansados pero contentos de haber conocido y aprendido tanto.